viernes, 12 de diciembre de 2014

[La sonrisa de la muerte] Capítulo 3: ALAS (2/2)

[ATENCIÓN, ESTA ES LA SEGUNDA PARTE DEL CAPÍTULO 3]

◊◊◊

Mi plan había calmado el ambiente pero, ¿por cuánto tiempo? Todo tiene sus consecuencias, y habernos librado de ser devorados vivos en el único sitio supuestamente seguro de esa planta no iba a ser una excepción.

Podría haberme liado a golpear y patalear todo objeto que se encontrara cerca  mía tras haber perdido aparentemente a otro compañero, pero decidí guardarme la energía de la rabieta para más tarde. Me subí a la mesa del ventanal, a mi mesa, y observé cada movimiento de esas criaturas. El objetivo principal era absorber toda la información, por mínima que fuera, que pudiera ayudarme en un futuro, pero al destino no le apetecía retrasar los acontecimientos.
Tras haberles cerrado en las narices, se quedaron en el sitio, mirando la puerta como imbéciles, pero sin borrar esa expresión. Para mi sorpresa, no hicieron ademán de entrar en nuestra clase. Una horrible conclusión hizo que mi pulso acelerara. Apreté los puños con fuerza deseando que aquello que había imaginado no fuera a ocurrir. A pesar de no ser supersticioso, alguna vez me había funcionado esa tontería. Esta vez no lo iba a hacer.
No se indicaron nada, ni si quiera se dirigieron la mirada, y giraron sobre sí mismos y se lanzaron contra la defectuosa puerta de esa clase de en frente sincrónicamente, a la de la izquierda. Los cinco chicos de Griego volvían a estar jodidos.
A pesar de haber seguido mis instrucciones y haber reforzado la puerta con algo detrás, ahora eran dos los que trataban de atravesar ese marco con una fuerza endemoniada. Y lo más perturbador, con mucha hambre. La imagen de los alumnos de Primero siendo devorados uno tras otro en su propia clase, sin poder escapar e invadidos por el pánico, me provocó un escalofrío. Y eso si tenían suerte y no quedaba ninguno vivo. Para mí, lo que le había pasado a Dani, si no tenía cura, era peor que la muerte.
—Esto tiene que acabar—dije sin perder de vista a los dos del pasillo.
Bajé de la mesa y me dirigí a todos.
—Mirad, hemos perdido a dos compañeros—algunos como Claudia y Fer apartaron la vista de mí, no era un buen comienzo para el discurso—. Bueno, solo asomaros—dije señalando el ventanal.
Menos la rubia y mi colega todos se dirigieron a ese lado de la sala, unos con más interés que otros.
—Joder…—dijo Richar.
—Esta vez sí que están jodidos, y si no hacemos nada, van a ser más de dos los com…
—Mira, ya me estás tocando los cojones. ¿No tienes suficiente ya, macho?—era Carlos—. ¡Qué se las apañen ellos, no te jode!
—Dani y Marcos salieron solos y sin un plan, joder. Podemos organizar algo para deshacernos de ellos de una vez.
—¡Yo me apunto, Chuli! —dijo Richar con entusiasmo—. ¡Me apetece repartir hostias! —miró a Marta—. Por una buena causa, claro.
—Estáis colgaos, en serio…—se quejaba Carlos—. Os diré lo mismo que al gordito, adelante, no os lo voy a impedir.
—No le vuelvas a llamar así—intervino Alma, muy seria. Al no recibir contestación alguna se dirigió a mí—. Si nos organizamos bien, puede funcionar. Me volveré a encargar de la puerta, si queréis.
El intento por esconder el pavor que le daba salir de clase no le funcionó conmigo, pero me parecía bien que no se jugara la piel ahí fuera. Miré a Jaime y este, como pidiendo permiso, le dirigió la mirada a Carlos y respondió a mi propuesta silenciosa.
—No sé, es que…
Al igual que había hecho con aquellos seres minutos antes, comencé a analizar la situación. Claudia, Fer y Marta no iba a hacer nada y mejor, pues seguramente entorpecerían el proceso. Solo necesitaba convencer a Carlos y a Jaime.
—¿A ti que te parece que ayudemos a los chavales de ahí, Marta?
—Pues no sé… Bien, supongo, o sea, yo no voy a salir, ¿eh?
—Vale, vale, tranquila. No quiero llamarte cobarde, pero si es verdad que hay que tenerlos gordos para salir ahí, ¿eh?—le empecé a contestar en su mismo idioma.
—A ver, sí, te la estás jugando mucho, ¿sabes? Hay que ser... valiente.
Bingo.
—Mira a Richar, por ejemplo. Con dos cojones, ¿eh? —le dije a Marta.
Richar rio y sacó pecho en su momento de gloria bajo la atenta mirada de todos. Y de Carlos, que resopló como un chaval al que mandan poner la mesa.
—Ay…—Carlos frunció el ceño—Venga, tío—le dio un golpe en la espalda a Jaime, que aun horrorizándole la idea, no iba a desobedecerle.
Por suerte eran demasiado simples. Pude ver como Alma dibujaba un pequeña sonrisilla. Se había dado cuenta de mi estratagema.
—¿Cuál es el plan entonces?—preguntó Richar impaciente.
—Había pensado algo… A ver que os parece.

◊◊◊

No teníamos ninguna experiencia en lo que era organizarnos para una situación tan peligrosa como esta, pero parecía que el miedo y la adrenalina nos facilitaron la tarea, haciendo que cada uno entendiera rápido su cometido. Cada uno de nosotros estaba colocado donde le correspondía. El plan era más o menos simple, por lo que, en cierta manera, estaba tranquilo, que en esa situación se traducía a un simple temblor de manos.
Me puse de cuclillas frente a la puerta. Yo era el encargado del primer movimiento.
—Que comience el baile…
Abrí con mucha delicadeza la puerta, de manera que ni yo mismo pude oír las bisagras o el picaporte. Aunque teniendo en cuenta la fuerza con la que empecé a respirar, no los habría oído ni aunque la hubiera abierto normal.
Asomé el brazo izquierdo con cuidado y, tras un pequeño impulso, lancé una tiza hacia las escaleras del final del pasillo. Esta silbó detrás de los seres, que, según me indicó Jaime con gestos desde mi mesa de vigilancia, no se habían inmutado cuando esta impactó contra el suelo.
Empezábamos mal. Tenía que llamar su atención, hacer que se distrajeran al oír algo proveniente de las escaleras.
El olor a putrefacción empezaba a inundar la clase.
Probé lanzando las tres tizas restantes. Nada. El escándalo que estaban montando mientras golpeaban la puerta, al que se sumaban los gritos de los estudiantes de Primero, no les permitían oír los pequeños pedazos de tiza que caían a cuatro o cinco metros de distancia.
Volví a meter el brazo en la clase, sin cerrar la puerta y manteniendo la misma postura en la que estaba, y lo alcé. A los pocos segundos y sin haber hecho falta decir nada, Alma ya había puesto el borrador de la pizarra entre mis dedos. No era último objeto que podríamos lanzar, pero tampoco andábamos sobrados de proyectiles y los de Griego iban a durar poco más. Parecía la última oportunidad.
Esperando que no cayera por el lado blando, lo lancé.
¡Plac!”. El entrechocar de la madera del borrador con las frías baldosas resonó por todo el pasillo. Rápidamente, dirigí la mirada a Jaime.
—¡Corre!—dijo nervioso.
El momento había llegado.
Con un veloz movimiento, Alma abrió del todo la puerta mientras me incorporaba y salía disparado. No me preocupé por los dos caníbales. Si Jaime me había dado luz verde para pisar ese condenado pasillo significaba que habían picado. Me di cuenta tarde de que no haberme especificado me ponía en un aprieto. ¿Habrían salido disparados al lugar de donde provenía el ruido o simplemente habían mirado el borrador? Aunque en cierta manera daba igual, iba a correr como un cabrón sin importar lo que hubiera pasado.
El objetivo ahora era llegar a la biblioteca que, como había dicho hace horas, estaba abierta. Una vez dentro, intentaría colocar todo a mi favor antes de que llegara uno de esos seres para torearlo y salir, dejándole encerrado dentro. El otro, el que habría salido detrás del que me tocaría a mí enfrentar, debería ser interceptado por Carlos y Richar. Antes de llevar a cabo la operación, comparamos rápidamente las alturas del enorme armario metálico, el que tenía el grueso televisor dentro, con la puerta del aula. En cuanto a altura podría cruzarla perfectamente, pero la anchura de este iba a ser un problema. Aun así, lo vaciamos completamente, dejándolo totalmente hueco. Gracias a las ruedas que tenía y a que podía atravesar el marco de la puerta de lado, el armario gris haría de jaula con el rezagado de los dos monstruos junto a la pared más cercana, siendo empujado por mis dos compañeros. Al tener casi incapacitado uno de los brazos a la hora de realizar grandes esfuerzos, era yo el más indicado para hacer de cebo. No era el mejor plan, pero era mejor que no hacer nada.
Crucé el marco a toda velocidad y, para mi sorpresa, algo andaba muy mal. Notaba el fresco de la calle proveniente de las ventanas, pero la sala estaba casi a oscuras. Aun así, no tenía tiempo para temblar, debía que improvisar algo aprovechando los pocos segundos de los que disponía antes de que viniera esa cosa. Avancé rápido con las manos a la altura de la cintura, con cuidado de no chocarme con ningún pico de alguna de las cuatro mesas. Lo último que necesitaba era hacerme daño en otro sitio más.
Los pasos del pasillo comenzaban a sonar más cerca y se le unían cada vez más, junto a un ruido metálico. Eso significaba que el más lento de los dos ya había pasado frente a nuestra aula. Tenía que darme prisa.
Noté el frío cristal. Esa ventana corredera estaba abierta pero, al igual que las demás, con las persianas bajadas. Busqué la cinta para subirlas guiándome por el tacto y la poca luz que provenía de los fluorescentes del pasillo, que se reflejaba en el cristal. Algo se movió en ese reflejo que tenía a centímetros de mí. Una figura con los brazos arqueados hacia abajo parecía observarme a pesar de la negrura que inundaba la sala. Lo único que se distinguía en esa oscura silueta eran dos ojos que brillaban como perlas. Por un instante dejé de verlos, al igual que a la figura, un instante en el que tiré con contundencia de la cinta que acababa de encontrar, haciendo que la persiana subiera por toda la ventana en una rápida ascensión.
Dani se encontraba a dos metros de mí, aturdido, cegado. ¿Había sido la luz natural la que había provocado aquello? Fue entonces cuando me acordé del efecto del colirio en los ojos. ¿Sería posible que…?
Se lanzó con un ágil salto hacia mí como lo habría hecho su semejante, con los párpados fuertemente cerrados. Era imposible esquivar aquel movimiento.
Propuse organizar aquello con el objetivo de escapar de la pesadilla, de que todo acabara. Efectivamente, iba a hacerlo, pero no esperaba que fuera a ser de esa manera. El rostro de mi reciente colega, ahora mi asesino, cada vez estaba más cerca del mío. Recordé a todos mis compañeros de Literatura Universal, la manera en la que confiaron plenamente en mí, presas del pánico, y, ¿para qué? Iba a ser el primero en caer habiendo seguido ese estúpido plan, mi plan, después de haber puesto en peligro a Richar. Bueno, y a Carlos también.
El rostro de Alma sucedió al del musculitos en mi mente.
Alma…
Si tenía tiempo para pensar, lo tenía también para actuar.
Eché las piernas hacia delante, dejándome caer contra el suelo con la espalda aún recta. Dani sobrevoló mi cabeza y, poco después, recibí una patada en la cara. No entendía lo que estaba pasando. Alcé la mirada y… no estaba.
Me incorporé y ya lo comprendí. Aún temblando por la adrenalina, me asomé a la ahora completamente abierta ventana. El cuerpo de Dani había impactado contra la acera desde dos pisos de altura, de cabeza. Su cuello se había partido, situando la sangrante cabeza en una postura imposible. De uno de los brazos, el que había recibido el golpe junto al cráneo, asomaba el cúbito, que atravesaba la piel casi a la altura del codo.
Al contrario que los escandalosos compañeros de Electrotecnia, era incapaz de seguir viendo aquella escena. Le di la espalda a la ventana y me dejé caer. Golpeé la pared con el brazo derecho, con la intención de calmar un dolor con otro, pero el del pecho era mucho más punzante e intenso que el de mi dañado hombro. Grité buscando expulsar esa mezcla de rabia, pena e impotencia y comencé a llorar como nunca. Volvía a querer despertar de esa macabra pesadilla.
Una ligera pisada desde el pasillo llamó mi atención. Era Javi.
Me incorporé con mucha dificultad. El hijo de puta no había borrado su expresión, parecía reírse de mí, y yo no iba a permitir eso.
Comencé a caminar rápidamente hacia él, invadido por la furia. No pensé ni en qué podría haberle pasado a mis dos compañeros ni en lo estúpida que era la idea de enfrentarme a ese asesino cara a cara. El razonamiento me había abandonado hacía un rato.
A cierta distancia pude apreciar con todo detalle esa puta sonrisa burlona y perversa y, siguiéndola, dos grandes cicatrices. Cicatrices. Era imposible que sus mejillas se hubieran recuperado tan rápido de las desagradables rasgaduras que él mismo, con la ayuda de Marcos, se había hecho. No había pasado ni de lejos tanto tiempo.
Una gran mole grisácea ocultó ese rostro al igual que el resto del cuerpo milésimas después, quedando en horizontal contra el suelo. Una de las dos estrechas puertas del armario se separó de este en el impacto al caer medio abierta, haciendo que las chirriantes bisagras rodaran y botaran hasta mis pies. El ser había sido atrapado. Carlos se lanzó sobre el fino metal superior como un luchador antes de que el árbitro comience la cuenta atrás. Uno se había salvado, pero temía lo peor por Richar.
—¡Vamos a poner peso encima! —dijo una voz cercana y jadeante—.Coño, Chuli. ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
Me llevé la mano al pecho y suspiré aliviado.
—Gracias a Dios—susurré.
—Trae esos libros para acá, tío—dijo sonriente mi amigo mientras daba palmadas al armario—, que parece que por fin van a  servir para algo.


FIN DEL TERCER CAPÍTULO

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